EL SANTO MANUEL

 

Era uno de esos días grises, tan característicos de invierno. En mi coche, despacio, atravesaba la pequeña aldea de Las Ventas del Carrizal. Me llamó la atención la fila de personas que se dirigían hacia la colina.

Dispuesta a satisfacer mi curiosidad, me desvié de la ruta a Sabariego y seguí la dirección de la flecha “camino del cementerio”. Me fui abriendo entre la gente; aparqué a la puerta del camposanto. Me apeé. Hacía un frío que congelaba la respiración. Entré. Como una concurrente más me acerqué hasta un panteón acristalado; en su cimacio, un Jesús Nazareno. Había flores por todas partes. Era la tumba de Manuel Cano López, popularmente conocido como “El Santo Manuel”.

Permanecí algo alejada. Observé el bullir de los peregrinos entre la quietud de las sepulturas. Atrajo mi atención el lento avance, rodillas, sangrando, al suelo, de dos mujeres de mediana edad. Muchos otros, con flameantes cirios en sus manos y encendidas plegarias en sus labios, se postraban ante la tumba… No pude evitar sobrecogerme: aquel lugar estaba marcado por una fe viva.

Mis recuerdos me transportaron a muchos años atrás, a los Montes de San Pedro, a los que se acoge la aldea de Sabariego. Mi memoria me encuentra en la finca El Chopillo, con mis padres, con mi hermana: cosechamos aceitunas. Y me sorprende oír cánticos piadosos en medio de los olivares. Ante mi curiosidad, mi padre explica que se trata de seguidores del santo Manuel:

- Cada año recolectan las olivas de la heredad del santo, para que pueda dedicarse a los numerosos enfermos que acuden, en busca de sanación, a la cortijada “Los Chopos”.

Yo, deseosa de hacer un alto en el trabajo, insisto en que me relaten… Y mi madre va soltando la lengua.

- ¡Ay, pequeña! Cuentan que ese hombre tiene un don, una gracia...

Cuentan que siendo muy joven venía a labrar esa tierra. Un buen día su padre lo encontró bajo un olivo, hablando. Con firmeza, el muchacho refería que se comunicaba con los muertos, que le revelaban esto y lo otro… La familia, alarmada, lo llevó al médico. El galeno diagnosticó locura; prescribió internarlo en el manicomio de Jaén. Al cabo de unos meses, los especialistas psiquiátricos le dieron de alta informando que aquel hombre no padecía enfermedad mental. A partir de este momento, con adivinaciones sin aparente sentido, con curaciones no esperadas, se fue ganando la confianza de la familia y de muchos curiosos e incrédulos que le tenían por farsante. El boca a boca hizo saltar sus andanzas a la luz pública…

-Cuentan que no cobra ni un real… Que el gentío que lo visita, agradecido, deposita la voluntad bajo una teja… Que el santo varón lo va dando a los necesitados que se le presentan… Que en la cancela de su humilde morada nunca falta una surtida alcuza para que cualquiera unte, con aceite, su mendrugo de pan y recobre fuerzas para retornar a su casa…

- ¡Cuentan que no sale ni sombra de él si le toman una fotografía!

- ¡Lo que de Él se cuenta, parece no tener lógica alguna!

 

Mi madre hizo una pausa…

-¿Y…?

-Que me complace tu atención. Y no puedo callar lo que siempre está en mi alma, un hecho muy cercano a nosotros… No digo milagro, pero sí muy importante, muy trascendente, y muy emotivo.

<<Una lugareña ya había enterrado a sus dos primeras hijitas, muy pequeñas, por un mal que no acertaron a diagnosticar los médicos.

Algunas aldeanas de Sabariego la animaban a que visitara al Santo Manuel, aquel hombre piadoso del que tanto se hablaba. Ella, bastante escéptica, se sostuvo en su férrea idea de que sólo eran paparruchas. Pero una hija más había venido a este mundo, y con apenas veinte meses, la criaturita también se le moría. El médico especialista no daba un diagnóstico acertado. La desesperada madre, empujada por el ánimo y la compañía de su vecina Antonia, metió a la niña en el serón de la burra y se lanzó en busca del milagro.

 

Al llegar a Los Chopos, el portón de la casa se encontraba entornado; se asomaron saludando. Manuel se encontraba al fondo, a la lumbre de un fogón. Al verlas, se levantó; las recibió muy serio. Mirando directamente a la madre, la espetó:

 

- ¿Por qué estás aquí, si no tienes fe?

El santón se acercó a la pequeña; levantó la batilla, acomodó sus manos en el vientre infantil emanándole su aliento; al tiempo, hacía la señal de la cruz y rezaba algo ininteligible. Pensativo, dijo que sabía el mal que mataba a la criatura:

-Tiene la pajarilleta negra pegada a las tripas, pero yo no puedo curarla.

No obstante, llenó una botella de agua; tres veces sopló sobre ella. Entregó la botella a la madre, diciéndole que tuviera mucha fe y que Dios querría; que el agua bendecida mitigaría el sufrimiento a la pequeña; que la aquietaría el llanto.

- Lleva a tu hija a un nuevo especialista. Háblale de cuanto aquí se ha dicho. La niña no morirá.

La madre, esperanzada, siguió las indicaciones de Manuel. Don Balbino, notable médico de Priego de Córdoba, atendió, muy asombrado, el diagnóstico de un tal Santo Manuel que aquella mujer le detallaba. Mucho más fue el desconcierto del doctor cuando, tras varias pruebas, comprobó que el diagnóstico del santón era acertado. En poco más de treinta días la pequeña de dos años estaba completamente curada. >>

      A día de hoy, me dice mi madre que esa mujer aún convive con aquel episodio de su vida. Y que ya cree lo suficiente como para admitir la hipótesis de la divina casualidad.

El leve aleteo de un pajarillo rozando mi hombro,sobresaltó mis pensamientos. En mis ojos noté la humedad de la emoción. Aun en armonía conmigo misma, me sentí una intrusa en aquel ambiente devoto; mas experimenté un gran respeto por aquel hombre, que santo o no,la difusión de las sanaciones había dejado un rastro imborrable, pues la cortijada de Los Chopos y la tumba que hoy contemplo, siguen siendo objeto de peregrinación.

 

No hay garantías de rotundas realidades, pero la fe, es la fe. Y “la fe mueve montañas”.

 

Anif Larom

 

http://aniflarom.jimdo.com/

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