LEYENDAS DEL MONASTERIO DE SANTA CLARA

 

EL ROSAL DEL ÁNGEL

 

La versión de esta leyenda, que a coninuación se expone, es una refundición de la que en un artículo firmado por el presbítero D. José Pancorbo aparece en la revista "Lope de Sosa", y de la que me refirió hace ya muchos años la madre abadesa del convento.

 

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En el patio principal del convento de Santa Clara, en el paseo central, que da acceso al locutorio de la sacristía, había un hermoso y florido rosal de blancas e inmaculadas rosas.

 

A principios del siglo XIX profsaba en este convento una monja, sor María de la Encarnación Ruiz Serrano, asceta en sumo grado, que dedicaba su tiempo y vida a la penitencia y a la oración, fustigándosee y disciplinándose de continuo, hasta el extremo que el sufrimiento y el dolor llenaban su existencia.

 

Recibió de Dios el don de las lágrimas, pues siempre que se concentraba en la meditación de la Pasión del Señor las derramaba en abundancia.

 

De continuo pedía a Dios nuevos y más grandes sufrimientos para ser digna de alcanzar el Cielo. En uno de estos trances se le apareció un ángel, que, con una espada en la mano la amenazaba. Trémula y sorprendida, corrió la monja perseguida por el ángel, hasta que cayó desmayada junto al referido rosal, con una de cucyas ramas se arañó ligeramente, lo que le hizo verter algunas gotas de sangre.

 

Al despertar y ver de nuevo al ángel a su lado le preguntó lo que quería. Él le respondió que atendiendo a sus ruegos de mayores sufrimientos era voluntad del Señor que su cuerpo se llenase de llagas. Ella le respondió:

 

  • Cúmplase en mí la voluntad de Dios.

El emisario divino se marchó, y grande fue la sorpresa y admiración de sor María de la Encarnación al ver que los blancos pétalos del rosal se habían transformado en un rojo brillante. Desde aquel día las rosas que brotaban de esta maravillosa planta siempre fueron rojas.

 

Pronto aparecieron las llagas a sor María, que soportó piadosa su larta y penosa enfermedad. Al cabo de un año murió esta extraordinaria mujer en olor de santidad.

 

Enl recuerdo de este suceso el rosal era muy apreciado por esta comunidad de monjas hasta su desaparición. El respeto hacia él era tal que para no dañarlo, en una reforma que se hizo posteriormente en el patio, éste perdió su simetría. Este sentimiento aumentó a raíz de otro extraordinario suceso, relacionado con el rosas, que ocurrió poco después.

 

En un día de enero, mes en el que esta comunidad elegía abadesa, de comienzos del siglo XIX, paseaban por el claustro del convento dos religiosas del mismo , de reconodid virtud. La una era sor Isabel de San Antonio, y la otra la madre San Bernardo, muerta en 1.824.

 

Discutían ambas sobre el nombre de la religiosa a quien debían dar el voto en la cercana elección Las dos coincidían en elegir a la madre sor Francisca de San Agustín Valenzuela, sin embargo aún tenían dudas.

 

Preocupadas por bien elegir a la más idónea, pasaban muy próximas al rosal del ángel, que en este tiempo no tenía, lógicamente, rosa ni capullo alguno, cuando una de ellas exclamó:

 

  • "¡Si Dios nos diera alguna señal d que es más de su agrado el que elijamos a la madre San agustín!.

Cuando a la siguiente vuelta alrededor del claustro volvieron a pasar delante del rosal, observaron con religioso asombro que tres hermosas rosas, que habían brotado en breves instantes, llenaba, con la legría de su brillante rojo, la serena austeridad del claustro.

 

A los pocos días de este prodigioso suceso se celebró la elección de la abadesa, siendo elegida la madre San Agustín.

 

Fuentes: Alcaudete Leyendas, Cancionero y Aspectos Literarios

Antonio Rivas Morales

 

Loli Molina

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